PENSAMIENTO CRÍTICO: Epistemología, Ética y Autodefensa contra las Artes Oscuras Argumentativas (parte 1)

“El buen sentido es la cosa mejor distribuida del mundo: pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él, que aun aquellos que son los más difíciles de contentar en toda otra cosa, no suelen desear más del que tienen.”

René Descartes, Discurso del Método.

Tradicionalmente se asume que la racionalidad es la característica que define el ser humano y lo distingue del resto de los seres vivos. Sin embargo, tanto la historia de la humanidad como nuestras propias historias personales están marcadas por decisiones irracionales que tuvieron y aún tienen profundas consecuencias. El siglo XX fue testigo de dos fenómenos interrelacionados: por un lado, el desarrollo explosivo de la tecnología, la cual está presente en todos los ámbitos del quehacer humano, y por otro lado, es un siglo marcado por conflictos bélicos y catástrofes ambientales y humanitarias sin precedentes, tanto por su magnitud como por el contraste entre la aparente racionalidad del mundo tecnificado y la irracionalidad presente en todos los ámbitos, desde la vida cotidiana, el mundo laboral, las relaciones interpersonales hasta las políticas públicas y las relaciones internacionales. 

La información, la que alguna vez fue considerada un bien escaso y preciado, gracias a Internet se ha transformado en un recurso abundante y omnipresente. Sin embargo, esta superabundancia de información no facilita los procesos de toma de decisiones y resolución de problemas: muchas veces el exceso de información relevante dificulta el análisis. A su vez, en ciertos contextos la información relevante es escasa, y la falta de tiempo impide realizar análisis más cuidadosos y razonados: nuestro primer impulso generalmente es seguir lo que “nos dice la guata”. En el mundo actual debemos lidiar cada vez más con contextos de alta incertidumbre, cambios vertiginosos, y problemas en los cuales incluso su estructura y forma de solución son controversiales. Ya sea por falta de información o por exceso de la misma, los escenarios actuales de toma de decisiones y resolución de problemas, en vez de simplificarse, se han complejizado más allá de lo previsible hace tan sólo un par de décadas atrás.

Se ha puesto de moda decir que el Pensamiento Crítico es el antídoto contra la irracionalidad, es una herramienta para darle sentido al caos que la sobrecarga de información de nuestro mundo actual nos puede generar. El Pensamiento Crítico es similar a cierto animal mitológico: al igual que los dragones, ha aparecido en diferentes formas al interior de diversas tradiciones y culturas, y en las últimas décadas ha sido sujeto de constantes reformulaciones y revisiones al interior de la Filosofía y la Psicología. Sus diversas definiciones tienen cierto “parecido de familia”, pero en el detalle pueden ser radicalmente diferentes, así como lo son un dragón chino y uno europeo. Si bien durante los setentas y ochentas las definiciones de pensamiento crítico pecaban de reduccionistas, al hacerlas consistir exclusivamente de competencias y habilidades epistémicas (es decir, relacionadas con el conocimiento), lentamente se han empezado a incorporar además consideraciones éticas: el pensador crítico se define por sus habilidades y virtudes. Por ejemplo, la definición de pensador crítico contenida en el Informe de la Comisión Delphi (Facione 2007) señala:

“El pensador crítico ideal es una persona que es habitualmente inquisitiva; bien informada; que confía en la razón; de mente abierta; flexible; justa cuando se trata de evaluar; honesta cuando confronta sus sesgos personales; prudente al emitir juicios; dispuesta a reconsiderar y si es necesario a retractarse; clara con respecto a los problemas o las situaciones que requieren la emisión de un juicio; ordenada cuando se enfrenta a situaciones complejas; diligente en la búsqueda de información relevante; razonable en la selección de criterios; enfocado en preguntar, indagar, investigar; persistente en la búsqueda de resultados tan precisos como las circunstancias y el problema o la situación lo permitan.” (p. 21).

Por su parte, Harvey Siegel, en su Educating Reason (1988) señala que:

“Un pensador crítico debe tener la voluntad de conformar su juicio y acción con principios, no simplemente una habilidad para hacerlo; tiene un cierto carácter inclinado a buscar, y a basar juicios y acciones en razones, que rechaza la parcialidad y la arbitrariedad; que se compromete con la evaluación objetiva de la evidencia relevante, y que valora la honestidad intelectual, el respeto a la evidencia, la consideración empática e imparcial de los intereses, objetividad e imparcialidad; debe mostrar solicitud por conocer la realidad y el sentimiento de humildad necesario para aceptar que puede estar equivocado; debe ser, en el mayor grado posible, emocionalmente estable, tener autoconfianza. Una autoimagen positiva y el concepto tradicional de salud psíquica son aspectos importantes de la psicología del pensador crítico porque su ausencia puede crear obstáculos prácticos para la ejecución del pensamiento crítico. Un pensador crítico no sólo actúa de cierta manera. Un pensador crítico es un cierto tipo de persona” (p. 39-41)

Ambas definiciones, exhaustivas y rigurosas, pueden hacer al pensador crítico similar a los dragones en un detalle más: puede generar serias dudas de que dicho sujeto idealizado exista o sea posible. Al igual que con Sócrates, el pensador crítico original en la mitología filosófica, uno podría sospechar que el personaje literario es una idealización que dista mucho de la persona histórica real. Y como la experiencia a muchos nos ha enseñado, a veces una expectativa demasiado alta puede atentar contra el logro de una meta. Lo perfecto es enemigo de lo bueno, reza el dicho. Quizás algún día nos demos cuenta que resulta que no existen “pensadores críticos” de verdad: con suerte tenemos momentos de pensamiento crítico, ocasionales, y logrados con mucho esfuerzo. Sin embargo, es incuestionable la necesidad de tener una meta u objetivo si se quiere avanzar en la dirección correcta.

Quizás convenga hacer algunas aclaraciones, a modo de disclaimer: en primer lugar, el pensamiento crítico no es sólo razonamiento regido única y exclusivamente por las reglas de la lógica formal. El pensador crítico debe dominar un conjunto amplio de habilidades, y la lógica es sólo una de ellas. 

Segundo, el pensamiento crítico no consiste en “criticar” en el sentido usual de la palabra. Debemos considerar su etimología: la palabra crítica viene del verbo griego κρίνειν -krínein- “analizar, separar un todo en sus partes constituyentes”. En este sentido, el pensamiento crítico es el ejercicio de la razón, es la capacidad de comprender y juzgar un fenómeno a partir del análisis de sus elementos y las relaciones de estos elementos entre sí y con el mundo. El pensamiento crítico implica la evaluación racional, imparcial y honesta no sólo del objeto de análisis, sino que también de las condiciones en las que este análisis se lleva a cabo, el contexto del fenómeno y la evaluación de los supuestos y creencias desde los que este análisis parte. Un pensador crítico no es quien “critica a los demás”, sino que es una persona que busca comprender la realidad y comprenderse a sí mismo y comprender su lugar dentro de ella. Pensar críticamente no significa ser un troll.

En tercer lugar, el pensamiento crítico no es una panacea, aunque puede ser un buen punto de partida. Cada cierto tiempo aparecen en el mundo académico e intelectual ciertos “conceptos de moda” que representan alguna innovación o algún ideal educativo y social, conceptos que se repiten una y otra vez en el discurso académico, el económico y el político como recetas para solucionar los problemas de nuestro tiempo, muchas veces de forma puramente cosmética (ustedes saben, esa acreditación no se va a conseguir sola). En este sentido, cabe decir que el pensamiento crítico, si bien es un movimiento intelectual que ha cobrado fuerza desde la década de los setentas, es un ideal que no es nuevo: siguiendo a Karl Popper en su “La Responsabilidad de Vivir“, la tradición crítica se remonta a los tiempos de los filósofos Presocráticos, que al rechazar las explicaciones mitológicas y buscar comprender la naturaleza en sus propios términos, inauguraron una tradición filosófica que se extiende hasta nuestro tiempo.

Por último, hay que advertir que el pensamiento crítico no es una habilidad que pueda adquirirse en corto tiempo y que permita mejorar el rendimiento académico en un año o un semestre, y no es un remedio universal que permita resolver fácilmente los problemas o desafíos que nos presenta el mundo actual, sino que todo lo contrario. Cada vez es más fácil ser un sujeto pasivo, acrítico, sin opinión ni iniciativa propia: el mundo parece estar diseñado para que sea fácil habitarlo en “piloto automático”: especialmente nuestras redes sociales están hechas para consumir y compartir capsulitas descontextualizadas (citas, memes, TED talks, etc) cuya función muchas veces no es hacernos pensar, sino sólo hacernos sentir mejor con nosotros mismos. El pensamiento crítico es una habilidad que requiere disciplina, rigurosidad y una voluntad permanente para su ejercicio. El pensamiento crítico hay que entenderlo no como un contenido específico que se pueda aprender leyendo un libro o tomando un curso, sino que hay que entenderlo más bien como una forma de vida. El pensar en profundidad, cuidadosamente, requiere tiempo, esfuerzo y dedicación… igual que todas las cosas que realmente valen la pena.

(Puedes leer la segunda parte aquí)


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