CÓMO LA MALA BIOLOGÍA ESTÁ MATANDO LA ECONOMÍA.

Por Frans de Waal. Traducción del artículo publicado en Evonomics

Las falencias en la lógica de la competencia es buena

El CEO de Enron -ahora en la cárcel- aplicó felizmente la lógica del Gen Egoísta a su capital humano, creando así una profecía autocumplida. Asumiendo que la especie humana se guía exclusivamente por la codicia y el miedo, Jeffrey Skilling produjo empleados guiados por los mismos motivos. Enron colapsó bajo el peso de la inspiración tacaña de sus políticas, ofreciendo una muestra de lo que estaba disponible para la economía mundial en general.

Un declarado admirador de la visión geneticista de Richard Dawkins respecto a la evolución, Skilling imitó la selección natural clasificando a sus empleados en una escala de uno a cinco representando desde lo mejor (uno) a lo peor (cinco). Cualquiera con una clasificación de 5 era despachado, pero no sin haber sido primero humillado en un sitio web incluyendo su retrato. Bajo esta política de “Rank & Yank” [Clasificar y tironear], la gente se mostró plenamente ansiosa de rajar las gargantas de los demás, resultando en una atmósfera corporativa marcada por una espantosa deshonestidad y despiadada explotación fuera de la compañía.

El problema más profundo, de todas formas, fue la visión de Skilling de la naturaleza humana. El libro de la naturaleza es como la Biblia: cada uno la lee como quiere, desde la tolerancia a la intolerancia y desde el altruismo a la avaricia. Pero es bueno comprender que, si los biólogos nunca paran de hablar sobre la competencia, esto no significa que la promuevan, y que si llaman a los genes “egoístas”, esto no significa que los genes realmente lo sean. Los genes no pueden ser más “egoístas” de lo que un río puede ser “furioso” o los rayos del sol “amorosos”. Los genes son pequeños cortes de ADN. A lo más, son autopromotores, porque los genes exitosos ayudan a sus portadores a diseminar más copias de sí mismos.

Como muchos antes que él, Skilling se tragó el anzuelo y la caña completa de la metáfora del gen egoísta, pensando que si nuestros genes son egoístas, entonces nosotros también debemos serlo. De todas formas, lo podemos perdonar, porque incluso si esto no es lo que Darwin quiso decir, es difícil separar el mundo de los genes del mundo de la psicología humana si nuestros conceptos intencionalmente los combinan.

Mantener estos mundos separados es el gran desafío para cualquiera que se interese en lo que la evolución implica para la sociedad. A partir de que la evolución avanza por eliminación, es realmente un proceso implacable. Sin embargo sus productos no necesitan serlo. Muchos animales sobreviven al ser sociales y manteniéndose juntos, lo que implica que no pueden seguir el principio “derecho del más fuerte” al pie de la letra: el fuerte necesita al débil. Esto aplica igualmente a nuestra propia especie, al menos si le damos a los humanos la oportunidad de expresar su lado cooperador. Como Skilling, demasiados economistas y políticos ignoran y suprimen este aspecto. Ellos modelan la sociedad humana en la perpetua lucha que ellos creen que existe en la naturaleza, lo que no es más que una proyección. Como magos, primero arrojan sus propios prejuicios ideológicas en el sombrero de la naturaleza, para luego tirarlos de sus orejas y mostrar lo mucho que la naturaleza está de acuerdo con ellos. Es un truco en el que hemos caído por demasiado tiempo. Obviamente, la competencia es parte del escenario, pero los humanos no podemos vivir solamente por ella.

Veo este asunto como biólogo y primatólogo. Uno podría sentir que un biólogo no tendría por qué asomar su nariz en debates de políticas públicas, pero siendo que la biología ya es parte de ellos, es difícil mantenerse al margen. Los amantes de la competencia abierta no pueden resistirse de invocar la evolución. La “palabra E” incluso se deslizó en el infame “discurso de la avaricia” de Gordon Gekko, el matón empresarial interpretado por Michael Douglas en la película Wall Street de 1987: “El punto es, damas y caballeros, que la avaricia –a falta de una palabra mejor- es buena. La avaricia está bien. La avaricia funciona. La avaricia clarifica, se abre paso y captura la esencia del espíritu evolutivo”.

¿El espíritu evolutivo? En las ciencias sociales, la naturaleza humana se tipifica con el viejo proverbio de Thomas Hobbes Homo Homini Lupus (“El hombre es un lobo para el hombre”), una afirmación cuestionable acerca de nuestra propia especie basada en presunciones falsas sobre ambas especies. Un biólogo explorando la interacción entre la sociedad y la naturaleza humana no está haciendo nada nuevo. La única diferencia es que, en vez de intentar justificar un marco ideológico particular, el biólogo tiene un interés real en la pregunta sobre qué es la naturaleza humana y de dónde viene. ¿De verdad se trata el espíritu evolutivo de avaricia, como afirmó Gekko, o hay algo más?

Esta línea de pensamiento no viene solo de personajes ficticios. Escuchemos a David Brook en una columna del New York Times que se burla de los programas sociales del gobierno: “A partir del contenido de nuestros genes, la naturaleza de nuestras neuronas y las lecciones de la biología evolutiva, se ha vuelto claro que la naturaleza está llena de competencia y conflictos de interés”. Los conservadores aman creer esto, a pesar de la suprema ironía de que este enamoramiento de la evolución tiene muy poco que ver con lo que muchos de ellos se preocupan de la evolución en serio.

En el debate presidencial del 2008 [en EEUU], no menos de tres candidatos republicanos levantaron sus manos para responder la pregunta: “¿Quién no cree en la evolución?”. Los conservadores estadounidenses son darwinistas sociales más que verdaderos darwinistas. El Darwinismo Social pelea contra la ayuda hacia el enfermo o el pobre, a partir de que la naturaleza los insta a arreglárselas solos o morir. Qué pena que algunas personas no tengan seguro de salud, así se argumenta, por quienes ya pueden pagarlo. El senador Jon Kyl de Arizona fue un paso más allá -causando escándalo en los medios y protestas en su estado- al votar en contra de la cobertura de pre y post natal. Él “nunca había tenido ninguna necesidad de usarlo”, explicó.

La lógica de “la competencia es buena” ha sido extraordinariamente popular a partir de que Reagan y Thatcher nos aseguraron que el libre mercado se haría cargo de todos nuestros problemas. Dado el desplome económico, esta mirada obviamente ya no es tan popular. La lógica puede haber estado bien, pero su conexión con la realidad era deficiente. Lo que los libremercadistas olvidaron fue la intensa naturaleza social de nuestra especie. Ellos gustan de describir a cada individuo como una isla, pero el puro individualismo no es para lo que estamos diseñados. La empatía y la solidaridad son parte de nuestra evolución -no solo una parte reciente, sino antiguas capacidades que compartimos con otros mamíferos.

Muchos grandes avances sociales -democracia, igualdad de derechos, seguridad social- han llegado a partir de lo que se suele llamar “fraternidad”. Los revolucionarios franceses le cantaron, Abraham Lincoln apeló a los lazos de solidaridad y Theodore Roosevelt gustosamente habló de fraternidad como “el factor más importante para producir una vida política y social saludable”.

El fin de la esclavitud es particularmente instructivo. En sus viajes al sur, Lincoln había visto esclavos encadenados, una imagen que lo persiguió, como le contó a un amigo. Tales sentimientos lo motivaron a él y a muchos otros a luchar contra la esclavitud. O tomemos el debate vigente sobre la salud pública en E.E.U.U., en donde la empatía juega un rol primordial, influenciando la forma en que respondemos a la miseria de la gente que ha sido expulsada del sistema o que ha perdido su seguro médico. Consideremos al propio término [health care] -no se refiere a la salud como negocio sino como cuidado, enfatizando así la preocupación humana por los demás.

¿Primates con moral?

La naturaleza humana obviamente no se puede entender aisladamente del resto de la naturaleza, y aquí es donde entra la biología. Si miramos a nuestra especie sin dejarnos enceguecer por los avances tecnológicos de los últimos pocos milenios, veremos una criatura de carne y sangre con un cerebro que, aunque tres veces más grande que el de un chimpancé, no contiene ningún componente nuevo. Nuestro intelecto pueda ser superior, pero no tenemos deseos ni necesidades básicas que no se puedan observar también en nuestros parientes cercanos. Como nosotros, ellos luchan por el poder, disfrutan el sexo, quieren seguridad y afecto, matan por territorio y valoran la confianza y el afecto. Sí, usamos celulares y volamos en aviones, pero nuestra formación psicológica es esencialmente la de un mamífero social.

Sin afirmar que los otros primates tienen moral, no es difícil de reconocer los pilares de la moralidad en su conducta. Estos pilares se resumen en nuestra regla de oro, que trasciende culturas y religiones. “Haz a los demás lo que esperarías que hicieran contigo” une empatía (atención a los sentimientos ajenos) y reciprocidad (si otros siguen la misma regla, te tratarán bien). La moral humana no podría existir sin empatía y reciprocidad -tendencias encontradas en nuestros parientes primates.

Después de que un chimpancé ha sido atacado por otro, por ejemplo, un testigo irá a abrazar a la víctima gentilmente hasta que él o ella pare de gemir. La tendencia a consolar es tan fuerte que Nadia Kohts, una científica rusa que crió un chimpancé juvenil cien años atrás, dijo que si su cachorro escapaba al techo de la casa, había solo una forma de hacerlo bajar. No era mostrándole comida; la única forma era que ella se sentara y sollozara, como estuviera sufriendo. El joven simio bajaría velozmente desde el techo para poner su brazo alrededor de ella. La empatía de nuestro pariente más cercano supera el deseo de una banana.

El consuelo ha sido estudiado extensivamente en cientos de casos, al ser un comportamiento común y predecible entre los simios. Similarmente, la reciprocidad es visible cuando los chimpancés comparten comida específicamente con quienes los han cuidado o apoyado en luchas de poder. El sexo frecuentemente se entremezcla. Se han observado machos salvajes tomar grandes riesgos atacando plantaciones de papayas para obtener las deliciosas frutas y ofrecerlas a hembras fértiles como retribución por copular. Los chimpancés saben cómo cerrar un negocio.

Además hay evidencia de tendencias prosociales y de un sentido de justicia. Los chimpancés voluntariamente abren la puerta para darle a un compañero acceso a la comida, y los monos capuchinos buscan recompensas para los demás incluso si ellos no ganan nada a partir de eso. Demostramos esto poniendo dos monos lado a lado: separados, pero visibles mutuamente. Uno de ellos necesitaba hacer trueque con nosotros usando pequeñas fichas plásticas. La prueba crítica vino cuando les ofrecimos elegir entre dos diferentes fichas de colores con distintos significados: una ficha era egoísta, la otra prosocial. Si el mono negociante tomaba la ficha egoísta, recibía un pequeño trozo de manzana por devolverla, pero su compañero no recibía nada. La ficha prosocial, por otra parte, los recompensaba a ambos igualmente al mismo tiempo. Los monos desarrollaron una abrumadora preferencia por la ficha prosocial.

Repetimos el procedimiento muchas veces con distintos pares de monos y distintos juegos de fichas, y encontramos que los monos se mantenían eligiendo la opción prosocial. Esto no se basaba en el miedo a posibles consecuencias, porque encontramos que los monos más dominantes (los que tienen menos que temer) fueron de hecho los más generosos. Probablemente, ayudar a los demás es reconfortante en la misma forma en que los humanos se sienten bien haciendo el bien.

En otros estudios, los primates harán felizmente alguna tarea por una rebanada de pepino, hasta que vean a otros siendo recompensados con uvas, que tienen mucho mejor sabor. Se agitaron, tiraron al suelo sus mezquinos pepinos y se fueron a huelga. El pepino se volvió indeseable solo como resultado de ver a un compañero obtener algo mejor. Tengo que pensar en esta reacción cada vez que escuche críticas a los bonos en Wall Street[1].

¿Muestran estos primates los primeros indicios de un orden moral? Mucha gente, de todas formas, prefiere su naturaleza sanguinaria. Nunca hay ninguna duda sobre la continuidad entre humanos y otros animales respecto al comportamiento negativo: cuando los humanos mutilan y se matan entre sí, nos apuramos en llamarlos “animales”, pero preferimos reclamar los rasgos nobles para nosotros. Cuando se trata de estudiar la naturaleza humana, sin embargo, es una mala estrategia porque excluye cerca de la mitad de las bases de nuestra conducta. A falta de intervención divina, este lado más atractivo de nuestro comportamiento es también producto de la evolución, una mirada crecientemente apoyada por le investigación animal.

Todos estamos familiarizados con la forma en que los mamíferos reaccionan a nuestras emociones y la forma en que nosotros reaccionamos a las suyas. Esto crea una suerte de lazo que hace a millones de nosotros compartir nuestros hogares con gatos y perros más que con iguanas y tortugas. Las últimas son más fáciles de mantener, pero carecen de la empatía que necesitamos para sentir apego.

Los estudios en animales sobre empatía están aumentando, incluyendo estudios sobre cómo le afecta a los roedores el dolor de los demás. Los ratones de laboratorio se vuelven más sensibles al dolor una vez que han visto a otro ratón sentir dolor. El contagio del dolor ocurre entre ratones de una misma caja, pero no entre ratones que no se conocen. Este es un típico sesgo que también ocurre en la empatía humana: mientras más cercanos somos a una persona, y más similares a ella, la empatía surge más fácilmente.

La empatía tiene sus raíces en la imitación corporal básica -no en las regiones superiores de la imaginación o en la habilidad de reconstruir conscientemente cómo nos sentiríamos si estuviéramos en el lugar de alguien más. Comenzó con la sincronización de los cuerpos: corriendo cuando otros corren; riendo cuando otros ríen; llorando cuando otros lloran; o bostezando cuando otros bostezan. La mayoría de nosotros ha alcanzado el nivel increíblemente avanzado en el que bostezamos incluso tras la simple mención del acto de bostezar, pero esto es solo tras muchas experiencias cara a cara.

El contagio del bostezo también ocurre en otras especies. En la Universidad de Kyoto, investigadores le mostraron a simios de laboratorio videos de bostezos de chimpancés salvajes. Al poco tiempo, los chimpancés del laboratorio bostezaban como locos. Con nuestros propios chimpancés, hemos ido un paso más allá. En vez de mostrarles chimpancés reales, pusimos animaciones tridimensionales de una cabeza similar a la de un simio en un movimiento como de bostezo. En respuesta a los bostezos animados, nuestros simios bostezaron abriendo sus bocas al máximo, cerrando sus ojos y moviendo sus cabezas como si fuesen a quedarse dormidos en cualquier momento.

El contagio del bostezo refleja el poder de la sincronía inconsciente, que está profundamente arraigada en nosotros como en muchos otros animales. La sincronía se expresa en copiar pequeños movimientos corporales, como el bostezo, pero también ocurre a una escala mayor. No es difícil ver su valor para la supervivencia. Estás en una bandada de aves y repentinamente una se echa a volar. No tienes tiempo de darte cuenta de qué pasa, asó que vuelas al mismo tiempo. De otra forma, podrías ser el almuerzo de alguien.

El contagio del ánimo sirve para coordinar actividades, lo que es crucial para las especies viajeras (como son la mayoría de los primates). Si mis compañeros se están alimentando, decido hacer lo mismo porque, una vez que se muevan, ya no tendré posibilidad de recolectar comida. El individuo que no esté en sintonía con lo que los demás estén haciendo se perderá, tal como el viajero que no va al baño cuando el bus se detiene.

Criaturas sociales

La selección natural ha producido animales altamente sociales y cooperadores que confían en los demás para sobrevivir. Por las suyas, un lobo no podrá capturar grandes presas, y se sabe que los chimpancés en el bosque disminuyen su paso para integrar a los que no puedan seguirlos por heridas o por tener una prole enferma. Entonces ¿por qué aceptamos la premisa de una naturaleza corta-gargantas cuando hay amplias pruebas de lo contrario?

La mala biología ejerce una irresistible atracción. Aquellos que piensan que la competencia es de todo lo que se trata la vida, y creen que es deseable para los fuertes sobrevivir a expensas de los débiles, ansiosamente adoptan el darwinismo como una hermosa ilustración de su ideología. Describen la evolución -o al menos su versión panfletaria de esta- casi como celestial. John D. Rockefeller concluyó que el crecimiento de un gran negocio “es simplemente el funcionamiento de una ley natural y una ley de Dios”, y Lloyd Blankfein, gerente y CEO de Goldman Sachs -la más grande máquina de hacer dinero del mundo- recientemente se describió a sí mismo simplemente “haciendo el trabajo de Dios”.

Tendemos a pensar que la economía fue destruida por tomar riesgos irresponsables, una falta de regulación o una burbuja del mercado inmobiliario, pero el problema es más profundo. La falla fundamental fue el señuelo de la mala biología, que resultó en una tosca simplificación de la naturaleza humana. La confusión entre cómo opera la selección natural y qué tipo de criaturas ha producido, ha llevado a negar lo que mantiene unidas a las personas. La sociedad misma ha sido vista como una ilusión. Como dijo Margaret Thatcher: “no hay tal cosa como la sociedad; hay hombres y mujeres individuales, y hay familias”.

Los economistas deberían releer la obra de su figura paternal, Adam Smith, quien vio a la sociedad como una gran máquina [2]. Sus engranes se pulen con la virtud, mientras que el vicio los hace rechinar. La máquina simplemente no funcionará con normalidad sin un fuerte sentido de comunidad en cada ciudadano. Smith vio la honestidad, moralidad, solidaridad y justicia como compañeros esenciales de la mano invisible del mercado. Sus opiniones se basaban en que somos una especie social, nacida en una comunidad con responsabilidades hacia la comunidad.

En vez de caer en falsas ideas sobre la naturaleza, ¿por qué no ponerle atención a lo que realmente sabemos sobre la naturaleza humana y el comportamiento de nuestros parientes cercanos? El mensaje de la biología es que somos animales grupales: intensamente sociales, interesados en la justicia y suficientemente cooperadores para haber dominado el mundo. Nuestra gran fuerza es precisamente nuestra habilidad para superar la competencia. ¿Por qué no diseñar una sociedad en la que este fuerza se exprese a cada nivel?

Más que poner a los individuos los unos contra los otros, la sociedad necesita reforzar las dependencias mutuas. Esto se podría ver en el reciente debate sobre la salud pública en EEUU, donde los políticos jugaron la carta del interés compartido apuntando lo mucho que todos (incluyendo a quienes les va mejor) perderían si la nación fallara en cambiar el sistema, y donde el presidente Obama jugó la carta de la responsabilidad social al llamar la necesidad de cambio “una necesidad ética y moral crucial”. No se puede permitir a la ganancia de dinero ser el fin último de la sociedad.

Y para aquellos que insistan en buscar una respuesta en la biología, la pregunta fundamental rara vez hecha es por qué la selección natural diseñó nuestros cerebros para que estén en sintonía con nuestros compañeros humanos y sintieran como suya su angustia, y placer con su placer. Si la explotación de los demás fuese todo lo que importa, la evolución nunca se habría involucrado en el negocio de la empatía. Pero lo hizo, y las élites políticas y económicas deberían avisparse lo antes posible.

Frans de Waal es biólogo y primatólogo. Su trabajo científico ha sido publicado en cientos de artículos técnicos en revistas como Science, Nature, Scientific American y publicaciones especializadas en comportamiento animal. Sus populares libros, traducidos a 15 idiomas, lo han hecho uno de los primatólogos más reconocidos del mundo.

Notas

[1] En la charla titulada “Moral behavior in animals” [Conducta moral en animales] Frans de Waal expone algunos de los principios explicados en esta columna. Se incluyen imágenes de los experimentos con chimpancés y capuchinos.

[2] La propia noción mecanicista de la economía ha sido cuestionada a raíz de la evidencia evolutiva. Eric Beinhocker, en The origins of wealth: evolution, complexity, and the radical remaking of economics (Harvard Business School Press, 2006), plantea que la economía, como conjunto de actividades productivas de seres vivos, debe comprenderse como un medio ambiente competitivo. En términos evolutivos, esto significa que el propio ambiente es dinámico, que se influencia por las acciones de los organismos, por lo que no existe un criterio absoluto de adaptación o de éxito evolutivo, sino que este dependerá de cada equilibrio particular, que en la economía, incluirá las decisiones políticas y las influencias culturales de los individuos.

A partir de la investigación de Beinhocker, Eric Liu y Nick Hanauer van más allá, y ofrecen la metáfora de la economía como un jardín, tal vez inspirados en la novela y película “Being There” traducida como “Desde el jardín”. En las sociedades modernas el ecosistema económico no subsiste por sí solo, sino que requiere que las condiciones mínimas que lo permiten -ya mencionadas por Smith- sean sostenidas de forma artificial por la sociedad a través del estado. El estado puede -y debe- intervenir evitando el colapso de sectores clave, o invirtiendo en áreas que la sociedad considere necesarias, y que no serán cubiertas por el sector privado. La exposición detallada fue publicada por los autores en Gardens of Democracy (Sasquatch Books, 2011).


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