USANDO LA CIENCIA SOCIAL Y CONDUCTUAL PARA APOYAR LA RESPUESTA A LA PANDEMIA DEL COVID-19

Autores

Jay J. Van Bavel, Department of Psychology & Neural Science, New York University, jay.vanbavel@nyu.edu 

Paulo S. Boggio, Social and Cognitive Neuroscience Laboratory, Center for Health and Biological Sciences, Mackenzie Presbyterian University, paulo.boggio@mackenzie.br 

Valerio Capraro, Department of Economics, Middlesex University London, v.capraro@mdx.ac.uk 

Aleksandra Cichocka, School of Psychology, University of Kent and Department of Psychology, Nicolaus Copernicus University, a.k.cichocka@kent.ac.uk 

Mina Cikara, Department of Psychology, Harvard University, mcikara@fas.harvard.edu 

Molly J. Crockett, Department of Psychology, Yale University, mj.crockett@yale.edu 

Alia J. Crum, Department of Psychology, Stanford University crum@stanford.edu 

Karen M. Douglas, School of Psychology, University of Kent, k.douglas@kent.ac.uk 

James N. Druckman, Department of Political Science, Northwestern University, druckman@northwestern.edu 

John Drury, Professor of Psychology, University of Sussex, j.drury@sussex.ac.uk 

Naomi Ellemers, Faculty of Social Sciences, Utrecht University, n.ellemers@uu.nl 

Eli J. Finkel, Department of Psychology and the Kellogg School of Management, Northwestern University, finkel@northwestern.edu 

Michele Gelfand, Department of Psychology, University of Maryland mjgelfand@gmail.com 

Shihui Han, School of Psychological and Cognitive Sciences, PKU-IDG/McGovern Institute for Brain Research, Peking University, shan@pku.edu.cn 

S. Alexander Haslam, University of Queensland

Jolanda Jetten, School of Psychology, University of Queensland, j.jetten@psy.uq.edu.au 

Shinobu Kitayama, Department of Psychology, University of Michigan, kitayama@umich.edu 

Dean Mobbs, Department of Humanities and Social Sciences and Computation and Neural Systems Program, California Institute of Technology, dmobbs@caltech.edu 

Lucy E. Napper, Department of Psychology and Health, Medicine & Society Program, Lehigh University, lun214@lehigh.edu 

Dominic J. Packer, Department of Psychology, Lehigh University, djp208@lehigh.edu 

Gordon Pennycook, Hill/Levene Schools of Business, University of Regina, gordon.pennycook@uregina.ca 

Ellen Peters, School of Journalism and Communication, University of Oregon, ellenpet@uoregon.edu 

Richard E. Petty, Department of Psychology, The Ohio State University

David G. Rand, Sloan School and Department of Brain and Cognitive Sciences, Massachusetts Institute of Technology, drand@mit.edu 

Stephen D Reicher (University of St. Andrews) 

Simone Schnall, Department of Psychology, University of Cambridge, ss877@cam.ac.uk 

Azim Shariff, Department of Psychology, University of British Columbia, shariff@psych.ubc.ca 

Linda J. Skitka, Department of Psychology, University of Illinois at Chicago lskitka@uic.edu 

Cass R. Sunstein, Harvard Law School, csunstei@law.harvard.edu 

Nassim Tabri, Department of Psychology, Carleton University, nassim.tabri@carleton.ca 

Joshua A. Tucker, Department of Politics, New York University, joshua.tucker@nyu.edu 

Sander van der Linden, Department of Psychology, University of Cambridge, sander.vanderlinden@psychol.cam.ac.uk 

Michael J. A. Wohl, Department of Psychology, Carleton University, michael.wohl@carleton.ca 

Jamil Zaki, Department of Psychology, Stanford University, jzaki@stanford.edu 

Sean Zion, Department of Psychology, Stanford University, szion@stanford.edu 

Robb Willer, Department of Sociology, Stanford University, willer@stanford.edu 

Contribución de los Autores: Jay Van Bavel y Robb Willer tuvieron la idea del artículo e invitaron a los autores para colaborar. Hemos listado todos los autores contribuyentes en orden alfabético (por su apellido) ya que todos contribuyeron en la escritura del artículo. Los autores declaran no tener conflictos de interés.

Contacto: Jay J. Van Bavel, jay.vanbavel@nyu.edu; Robb Willer, willer@stanford.edu

Versión original en Inglés disponible como preprint en https://psyarxiv.com/y38m9

Traducción al castellano: Macarena Martínez Órdenes y Remis Ramos Carreño

ABSTRACT 

La pandemia del COVID-19 representa una crisis global masiva. Debido a que la crisis requiere cambios conductuales de gran escala, e impone cargas psicológicas en los individuos, las perspectivas de las ciencias sociales y conductuales son de vital importancia para optimizar la respuesta a la pandemia. En este artículo revisamos investigaciones relevantes de diversas áreas de investigación relacionadas con las diferentes dimensiones de la respuesta a la pandemia. Revisamos trabajos fundamentales sobre el evitar amenazas, los factores sociales y culturales, la comunicación científica, la toma de decisiones Morales, el liderazgo, el stress y la capacidad de afrontarlo, elementos relevantes en una pandemia. En cada sección, esbozamos las implicaciones para resolver los problemas de salud pública relacionadas con el COVID-19. Esta revisión interdisciplinaria apunta a diversas maneras en las que estas investigaciones pueden aplicarse inmediatamente para optimizar la respuesta a la pandemia, pero también apunta a varios vacíos importantes que los investigadores debiéramos tratar de llenar rápidamente en las siguientes semanas y meses.

Introducción

En el 12 de Diciembre de 2019 emergió un nuevo coronavirus (COVID-19), dando inicio a una epidemia de síndrome respiratorio agudo en Wuhan, China (1). En tres meses, el virus se propagó a más de 118.000 casos y 4.291 muertes en 114 países, llevando a la Organización Mundial de la Salud a declarar una pandemia global. El virus es altamente contagioso y no existe vacuna o tratamiento antiviral específico conocido para el COVID-19. La pandemia ha llevado a una campaña global de salud pública para reducir la propagación recomendando el incremento del lavado de manos, evitar tocarse la cara y mantener la distancia física.

Una respuesta efectiva al COVID-19 u otra pandemia requiere contribuciones desde las distintas Ciencias. Las contribuciones científicas centrales a la pandemia son médicas y biológicas: la necesidad de comprender las propiedades del virus, identificar tratamientos efectivos, y el desarrollar y probar una vacuna. Los epidemiólogos, analistas políticos, investigadores en salud pública, ingenieros, científicos computacionales y analistas de redes pueden cooperar, por ejemplo, modelando efectivamente la propagación del virus, coordinando al personal de respuesta, y diseñando y produciendo materiales necesarios para el tratamiento efectivo. La optimización de la salud pública durante esta pandemia además requiere de conocimientos de las ciencias sociales y conductuales.

Las ciencias sociales y conductuales pueden apoyar los esfuerzos para identificar mensajes efectivos de salud pública, estimular la aceptación de las políticas de Gobierno, diseñar respuestas institucionales bien calibradas a la conducta humana, sostener motivaciones prosociales en sociedades grandes y desconectadas, identificar factores culturales que pueden minimizar la propagación del virus, y motivar la compasión y acciones costosas que beneficien a grupos vulnerables. Este artículo revisa perspectivas derivadas de varias áreas de investigación particularmente relevantes en las Ciencias Sociales y Conductuales. Para cada una de estas áreas, resaltamos los hallazgos relevantes, derivamos ideas potencialmente útiles para tomadores de decisiones políticas, líderes y para el público general, y resaltamos áreas en las que es necesaria más investigación futura.

Evitando amenazas

Históricamente, las enfermedades infecciosas han sido responsables de las más grandes pérdidas de vidas humanas. La peste bubónica eliminó a aproximadamente el 25% de la población europea (2). Desde la perspectiva psicológica es fundamental comprender cómo las personas piensan y se comportan cuando evalúan la pandemia como una amenaza. En esta sección, discutimos cómo las personas perciben y responden a las amenazas durante una pandemia y las consecuencias posteriores para la toma de decisiones y las relaciones entre grupos.

Amenazas

Una de las respuestas emocionales que predominan durante una pandemia es el sentimiento del miedo. Los humanos, como otro animales, poseen un sistema de defensa que ha evolucionado para combatir las amenazas ecológicas (3,4). Sin embargo, algunas de las estrategias de sobrevivencia que utilizamos pueden volvernos psicológicamente vulnerables, lo que puede ser amplificado por las redes sociales, las que nos bombardean con información amenazante acerca del crecimiento de la pandemia. 

Para sobrevivir, es mejor observar a un depredador atacando a un miembro de nuestra especie que ser atacados nosotros mismos. Los seres humanos tienen una gran capacidad para aprender indirectamente sobre las amenazas (5). Sin embargo, no solo aprendemos por observación, también pueden aprender a través de los libros, la internet, las películas, los periódicos, la música y los cuentos. Mientras que estas formas ricas de aprendizaje indirecto son adaptativas, particularmente para nuestros ancestros que estaban preocupados principalmente por las amenazas de su nicho ecológico, en el mundo moderno los cerebros no han evolucionado a procesar información en un nivel global. Además, las emociones negativas son contagiosas (6) y el miedo nos hace percibir las amenazas como si fuesen más inminentes (7). Con más de 3 mil millones de personas en las redes sociales, es muy probable que estas sirvan como una fuente significativa de amenaza en las pandemias modernas.

Además, los humanos tienen una capacidad sobresaliente para visualizar amenazas futuras, la que tiene como propósito el protegernos en el futuro por medio de estrategias de prevención. En otras palabras, si podemos imaginar encuentros con amenazas futuras, las podemos evitar (4). Sin embargo, las personas a menudo sufren de un sesgo optimista, lo que les puede llevar a creer que tienen menos posibilidades de contraer una enfermedad. Si esto es así, estas son las personas que podrían fallar en adoptar conductas de salud pública, como el distanciamiento físico, lo que podría propagar la enfermedad infecciosa. Encontrar estrategias para superar estos errores en la predicción de amenazas, probablemente es esencial para movilizar campañas de salud pública efectivas durante las pandemias.

Emociones Morales

Probablemente, la preocupación de contraer una enfermedad altamente contagiosa produce la emoción de disgusto o repulsión (9). Esta reacción es parte de un mecanismo de adaptación evolutiva, que asegura que nos mantengamos alejados de la comida podrida, las superficies y objetos sucios, así como también de las personas que pueden ser portadoras de enfermedades infecciosas (10,11). Sin embargo, los sentimientos de disgusto o repulsión pueden también permear en el modo en que nos formamos impresiones sobre otras personas (12,13). Cuando la preocupación sobre la salud física es prominente, las personas se pueden volver más críticas respecto a las conductas del otro, realizando interpretaciones menos benevolentes (14,15). Entonces, quienes desarrollan políticas públicas deben tener en cuenta que incluso los intentos más sinceros de mejorar la situación pueden ser vistos con desconfianza. Por lo tanto es de suma importancia la comunicación frecuente y transparente acerca de la crisis y las recomendaciones e intervenciones de salud pública resultantes. 

Por el lado positivo, las emociones pueden ser poderosas cuando miramos como ejemplo a aquellos a quienes admiramos por su brújula moral. La llamada elevación moral es el sentimiento de ser animado e inspirado por los actos desinteresados y en pro de la sociedad de los demás; esta experiencia también impulsa al observador a actuar con amabilidad y generosidad (16). Así, los modelos a seguir excepcionales pueden motivar a las personas a poner sus propios valores en acción (17,18). Destacar el comportamiento excepcionalmente desinteresado de ciudadanos comunes, o tener políticos o celebridades respetadas que puedan guiar con su sacrificio y un comportamiento ejemplar, puede producir un tipo distinto de contagio, a saber, un comportamiento prosocial y de cooperación que discutiremos con mayor detalle en más adelante. 

Amenaza Existencial

Desafortunadamente, pensar en nuestra propia muerte puede llevar a la angustia existencial (19). Asimismo, pensar en la desaparición de un grupo social preciado (por ejemplo: nuestra nación), o en la muerte de toda la humanidad, puede crear angustia colectiva (20). Las personas que perciben la pandemia como una amenaza existencial, sienten angustia colectiva (21) y como resultado pueden realizar acciones para eliminar la amenaza. Durante una pandemia esto puede resultar en acciones constructivas.

Sin embargo, la angustia inducida por la amenaza existencial puede resultar también en consecuencias negativas. Las personas pueden acaparar productos (por ejemplo: papel higiénico, medicamentos), pudiendo hacerlos inaccesibles a aquellos que realmente los necesitan. Por ejemplo, los estadounidenses a quienes se les hizo creer que el COVID-19 representaba una amenaza existencial para los EE.UU reportaron síntomas clínicos de ansiedad mucho más graves que el grupo de control (22). Experimentar síntomas clínicos de ansiedad más graves, a su vez, predice un mayor prejuicio hacia quienes perciben como la fuente u origen del COVID-19. Entonces, la experiencia de la amenaza puede promover comportamientos prosociales y antisociales, y los líderes políticos deben ser cuidadosos sobre cómo involucrarse con esta respuesta. 

Amenaza Grupal

Aunque la reacción de algunas personas al miedo y la amenaza está enfocada en ellos mismos, otras reacciones están más enfocadas en cómo otras personas piensan y responden a los demás. Por ejemplo, la percepción de mayor vulnerabilidad a la enfermedad se asocia con mayores niveles de etnocentrismo (23), y una mayor percepción de miedo y amenaza están asociados con niveles más altos de intolerancia política y deseo de castigo hacia los grupos extremos (24-26). Destacar los límites de los grupos puede socavar la empatía con las personas socialmente distantes (27,28) y aumentar la deshumanización de ellas (29) o el castigo (28).

Por ejemplo, la peste bubónica del siglo XIV, la enfermedad más letal de Europa, desató violencia masiva, incluyendo el asesinato de catalanes en Sicilia, clérigos y mendigos en algunos lugares, así como pogromos contra los Judíos, con más de mil comunidades erradicadas (30). Aunque no toda pandemia lleva a violencia, las pandemias frecuentemente se asocian con casos desenfrenados de discriminación y ataques individuales. Han existido casos de ataques físicos a personas de etnia Asiática, predominantemente en países caucásicos, y algunas caracterizaciones equívocas a nivel gubernamental del COVID-19 al llamarlo “virus de Wuhan/China” (31).

Afortunadamente, las pandemias también ofrecen oportunidades para reducir el prejuicio étnico o religioso. Las personas priorizan el comportamiento cooperativo por sobre las señales de pertenencia a una categoría (ej, raza, nacionalidad) cuando identifican a los que se cuentan como “nosotros” (incluso en ausencia de un enemigo humano común (32)). Los esfuerzos coordinados transversales entre individuos, comunidades y gobiernos para luchar contra la propagación de la enfermedad envían una potente señal de colaboración y valores comunes, que permiten a las personas recategorizar como miembros de su grupo a otros que previamente habían considerado como no pertenecientes a él. Esta “categorización superordinal” es más efectiva en casos donde todos son iguales o comparten un mismo status (33) – es decir, cada uno de nosotros puede enfermarse. En la pandemia actual, estos actos cooperativos ya se están desplegando. Claro ejemplo es cuando 21 países donan suministros médicos a China en febrero, y ahora China responde de manera recíproca. Los oficiales de gobierno pueden destacar estos eventos para mejorar las actitudes hacia aquellos que están fuera del grupo (34). Asimismo, hacer sentir a las personas más seguras puede reducir sus prejuicios (35).

Percepción de riesgo

Las personas utilizan sus emociones para evaluar el riesgo, motivar acciones, y enfocar su pensamiento. Estas influencias emocionales son generalmente útiles pero también pueden ser dañinas. Primero, las reacciones emocionales a situaciones de riesgo a menudo son diferentes de las evaluaciones cognitivas y terminan controlando sus percepciones de riesgo (36,37). Las personas confían en sus sentimientos como un substituto de otra información, como la cuantificación del riesgo. En este caso, alguien que experimenta una emoción más negativa durante la pandemia percibirá un riesgo mayor que aquella que experimenta una emoción menos negativa (38).

Las emociones que se sienten en respuesta a situaciones riesgosas influyen, además, en su juicio en dos etapas (39). Primero, la cualidad de la emoción (ej, positiva versus negativa) llevan a quien toma las decisiones a enfocarse en información concordante con la emoción. Esa información enfocada, en lugar de la emoción en sí misma, es utilizada para guiar el juicio. Por ejemplo, los fumadores expuestos a advertencias de salud más emotivas experimentan más emociones negativas a fumar y a las advertencias, pasan más tiempo examinando las advertencias, y recuerdan más riesgos, con el efecto posteriores en la percepción de riesgo y las intenciones de dejar de fumar (40,41). En el caso del COVID-19, a medida que aumentan las emociones negativas, las personas pueden buscar y/o evaluar la información información negativa sobre el COVID-19 más que otras personas.

Además, las emociones actúan como un potente motivador del comportamiento (42), como el aislamiento social y el lavado de manos, pero también en la acumulación de suministros, y el apoyo a políticas más estrictas. La función de la emoción como un motivador directo también significa que, con reacciones emocionales fuertes, las personas a menudo ignoran información cuantitativa importante, tales como las probabilidades (43), el alcance de un problema (44) y sus efectos en el tiempo (45).

Estos efectos emocionales interactúan con los medios de prensa que tienden a presentar la información de forma más negativa. Por ejemplo, los medios parecen enfocarse desproporcionadamente en el porcentaje de personas que fallecieron, y menos en quienes sobrevivieron o experimentaron síntomas más leves. Las personas, y especialmente aquellos con menores habilidades matemáticas, son más susceptibles a este encuadre negativo de los medios (39). Otorgar el encuadre contrario puede ayudar a educar al público y aliviar los síntomas de pánico de algunas personas. Quienes elaboran las políticas y otros comunicadores necesitan empaquetar estos hechos utilizando técnicas basadas en la evidencia para que el contenido complejo pueda ser comprendido y utilizado por aquellos que los tomadores de decisiones (46).

Desastre y “pánico”

Tanto en la cultura popular y los medios, existe una creencia generalizada que, cuando se está en peligro, la gente entra en pánico. Es decir, que actúan ciegamente y pensando exclusivamente en su auto preservación, y por lo tanto ponen en riesgo la supervivencia de todos. Esta idea ha sido utilizada ampliamente en respuesta al brote de coronavirus – más comúnmente en relación con la noción de “compra de pánico” (47). Sin embargo, al inspeccionar de cerca lo que pasa en los desastres se revela una imagen diferente. Sin duda algunas personas actúan de forma egoísta, pero existen muchas instancias en donde muestran un altruismo notable y se comportan de una manera ordenada y acorde a la norma. Aún más, cuando las personas mueren es más por la inacción que por una reacción exagerada: mueren por no responder a los signos de peligro hasta que es demasiado tarde.

De hecho, el concepto de “pánico” ha sido en gran parte abandonado por los investigadores del área ya que no explica ni describe lo que las personas hacen generalmente en un desastre (48). En su lugar, el foco ha cambiado a los factores que optimizan la respuesta de las personas: qué factores permiten a las personas trabajar juntas en lugar de ir unas contra otras como respuesta a la crisis. El factor clave es el surgimiento de una sensación de identidad compartida, la que lleva a las personas a preocuparse y cuidar de otros (49,50). Hasta cierto punto, esta sensación surge naturalmente desde la experiencia compartida de estar en un desastre (51). Pero esta sensación es frágil y no siempre es constante. Puede ser fomentada dirigiéndose al público en términos colectivos y llamándonos a actuar por el bien común (52).

Por el contrario, la sensación de identidad compartida puede ser quebrantada al representar a los otros como nuestros competidores. Precisamente, es esto lo que sucede con las historias de “compras de pánico” y las imágenes de estanterías vacías que sugieren que las otras personas están sólo velando por ellas mismas. Entonces, la única opción que tiene una persona es actuar de la misma forma. En el contexto en donde las personas son llamadas a prepararse para un potencial aislamiento, los patrones de compra no son de “pánico” irracional sino son que una respuesta individual significativa a la información disponible. Una mirada más general es que la noción de “pánico” es activamente dañina. Las noticias que emplean el lenguaje del “pánico” ayudan a crear el mismo fenómeno que estas intentan condenar. Estas ayudan a crear el mismo egoísmo y competitividad que convierte las preparaciones sensatas en acumulación disfuncional. Estas socavan el sentimiento de comunidad que ayuda a que las personas se reúnan y apoyen mutuamente en una crisis o desastre.

Factores sociales y culturales

Disminuir la velocidad de la transmisión viral durante las pandemias requiere de cambios importantes en el comportamiento. Cuánto cambian las personas se verá influenciado por los aspectos del contexto social y cultural. El hecho de que las personas tiendan a seguir normas sociales y costumbres culturales puede tener consecuencias no deseadas. Por ejemplo, la exposición continua a noticias que muestran personas abandonando el encierro podría explicar porqué fue difícil convencer a los italianos de quedarse en casa luego del decreto de confinamiento del 11 de marzo a causa del COVID-19. Sin embargo, comprender estas características del ambiente social tales como las normas sociales, la cultura y la polarización, permiten identificar los factores de riesgo y los mensajes e intervenciones exitosas. 

Normas sociales

Las decisiones de las personas son influidas por las normas sociales: lo que ellas perciben que los demás están haciendo o lo que ellas aprueban o rechazan (53). Esta influencia ocurre cuando las personas usan el comportamiento de otros como información relevante para interpretaciones y respuestas razonables (54) y es más fuerte cuando las personas están en incertidumbre y los resultados son importantes (55). La influencia normativa ocurre cuando las personas buscan aprobación social y se asocia a mayor conformidad en público que en privado (56).

Aunque las personas están influenciadas por las percepciones de las normas, sus estimaciones del comportamiento son usualmente imprecisas (57). Por ejemplo, las personas pueden subestimar los comportamientos que promueven la salud (ej, lavado de manos (58)) y sobreestimar comportamientos pocos saludables (59). Cambiar el comportamiento a través de la corrección de las malinterpretaciones se logra, más probablemente, a través de mensajes públicos que refuerzan las normas de promoción de la salud (ej, adopción común del distanciamiento físico y el lavado de manos) en lugar de resaltar los comportamientos poco frecuentes o extremos (ej, compras de pánico, adultos jóvenes reuniéndose).

Las normas percibidas y la información correctiva son más influyentes cuando son específicas hacia otros con quienes compartimos identidad (60). Esta forma de influencia social puede ser problemática si reduce el aprendizaje de innovaciones a grupos externos o si los grupos opositores adoptan normas diferentes por razones partidistas (como describimos abajo en la sección sobre polarización política). De este mismo modo, el comportamiento de los jóvenes puede no verse afectado por la información sobre cómo están respondiendo los adultos. Si la división grupal produce distintas tasas de conformidad hacia los comportamientos protectores de la salud, esperamos ver distintas tasas de infección y mortalidad y una mayor dificultad en la contención del virus. Los mensajes entregados por personas que son valoradas como modelos a seguir dentro del grupo (ej, miembros de la comunidad) puede ser lo más efectivo.

Otra forma de aumentar el impacto de las normas cae bajo la categoría general de “empujoncitos” o “codazos” (nudges) (61,62) que mueven a las personas en una dirección particular sin imponerles medidas obligatorias. Ya que las personas reaccionan a las decisiones tomadas por otros, y especialmente en aquellos en los que confían, la comprensión de las normas sociales que son vistas como nuevas o emergentes puede tener un gran impacto (63). Por ejemplo, un mensaje convincente sobre estas normas sociales podría decir: “La enorme mayoría de las personas en tu comunidad cree que, considerando los riesgos asociados con el COVID-19, todos deberíamos quedarnos en casa en la medida de lo posible”, o “Los doctores creen que, considerando los riesgos asociados con el COVID-19, todos deberíamos quedarnos en casa en la medida de lo posible”. Otra opción es crear decisiones que orienten por defecto a las personas hacia conductas más saludables. Crear mensajes y una arquitectura de opciones que utilicen estos principios los hacen más probablemente efectivos. Los “empujones” que emplean estos principios pueden ser usados para, por ejemplo, impulsar a las personas para que se laven las manos frecuentemente, mantengan la distancia social, se queden en casa en la medida de lo posible, eviten saludarse estrechando las manos, eviten los viajes internacionales, se mantengan alejados de grupos masivos, y que se autoimpongan cuarentena si se enferman.

Cultura

La psicología cultural identifica un probable efecto de las pandemias en las dinámicas sociales: el estrechamiento de los grupos y las concesiones o sacrificios asociados en su orden y apertura. Investigaciones han mostrado que culturas más estrictas, como Singapur, Japón o China, tienen reglas y castigos severos para los divergentes, mientras que culturas más flexibles o laxas, como EE.UU, Italia y Brasil, tienen normas más débiles y permisivas (64). A menudo, las naciones estrictas tienen amenazas históricas y ecológicas, incluyendo la prevalencia histórica de desastre naturales, invasiones, alta densidad poblacional, y brotes de patógenos (64,65). Desde una perspectiva evolutiva, las reglas estrictas ayudan a que los grupos se coordinen, entregando el pegamento que ayuda a mantener a la población unida durante una crisis (64,66).

Los grupos estrictos poseen más orden, sincronía y autorregulación. Sin embargo esta cualidad también está relacionada con una menor apertura -menor tolerancia con grupos estigmatizados (25, 64), menor creatividad (65, 67), apoyo a liderazgos totalitarios (25) y dioses castigadores (68). Del mismo modo, mayor rigidez puede resultar en el aumento de suicidios, depresión, y en menor felicidad (69).

Podríamos esperar que la propagación del COVID-19 volviese a las comunidades más estrictas. Sin embargo, una pregunta fundamental es si las sociedades más flexibles se podrán adaptar igual de rápido al virus. Los países acostumbrados a priorizar la libertad por sobre la seguridad podrían tener más dificultades coordinándose para enfrentar una pandemia. En consecuencia, es fundamental que las comunidades negocien las normas sociales para encontrar un balance saludable entre las libertades y las restricciones, o una ambidestreza entre lo rígido y lo flexible (70). Las reglas estrictas en relación al distanciamiento físico son esenciales, sin embargo la flexibilidad de las restricciones ayuda a crear nuevos mecanismos que ayuden a las personas a sentirse conectadas. Describiremos algunas de estas oportunidades de apoyo en la sección de apoyo social y capacidad de respuesta más adelante.

Polarización Política

Una barrera cultural para las acciones coordinadas entre países es la polarización política. La polarización entre ciudadanos viene en dos variedades. La Polarización Actitudinal involucra a los miembros de los partidos tomando posiciones opuestas extremas en relación al problemas (por ejemplo, los Republicanos en EE.UU se oponen a las políticas de mitigación de cambio climático, mientras que los Demócratas las apoyan). Además, la polarización actitudinal tiende a suceder entre aquellas personas que son más políticamente informadas y sofisticadas (71,72). Mientras que la Polarización Afectiva se refiere a los partidistas, de todo tipo, que desconfían o desprecian a los integrantes de los partidos políticos opositores (73, 74). La polarización afectiva tiene consecuencias políticas, como la disminución de la confianza política (75), privilegiar las etiquetas partidistas por sobre la información respecto de las políticas (76), y creer en información falsa (77), las que usualmente socavan las relaciones económicas y sociales (74) y pueden perjudicar la salud pública. 

Un problema de la polarización durante una pandemia es que puede llevar a diferentes segmentos de la población a elaborar diferentes conclusiones sobre los niveles de amenaza en la situación y las acciones apropiadas a seguir. Muchos apuntan a las noticias y las redes sociales como los principales impulsores de la polarización, ya que los individuos se autoincluyen en “cámaras de eco” partidistas (78,79) o se comunican de maneras en las que crean cámaras de eco (80). En cambio, las interacciones políticas en persona pueden entregar una mejor oportunidad para comunicaciones entre partidos (81) que pueden despolarizar (82) y producir un entendimiento compartido. La disminución del contacto en persona debido al COVID-19 podría exacerbar el rol de las fuentes de información políticas en línea y su efecto polarizante. La consecuencia podría ser que las conductas de distanciamiento físico dictadas por el COVID-19 podrían reducir la voluntad de involucrarse con individuos de otros partidos. Además, puede aumentar la polarización actitudinal si las personas optan por medios partidistas para obtener información sobre el COVID-19.

La propagación del COVID-19 puede también tener un efecto de-polarizante. La polarización política proviene de identidades partidistas fuertes, pero cuando las identidades superordinales (como la identidad nacional) sobresalen, la animosidad de los grupos que están fuera del partido político declina (83), y es menos probable que las personas se vuelvan hacia los partidos políticos para buscar orientación. Una pandemia no sólo destaca la identidad común con los individuos enfrentándose todos al mismo riesgo (ver sección Amenaza Grupal), sino además acentúa la sensación de un destino común. Por otra parte, el COVID-19 se puede politizar respecto a las atribuciones de responsabilidad, nacionalismo, e inmigración. Esto ocurrió rápidamente en Italia, cuando la extrema derecha politizó el COVID-19 alrededor de estos temas (84). Estados Unidos parece estar siguiendo este ejemplo en relación con las elecciones del 2020, y la respuesta al COVID-19 se convirtió rápidamente en un problema de campaña en los que los miembros de los partidos están tomando distintas posiciones (85) y se ha indicado que mientras un 68% de los Demócratas está preocupado por el COVID-19, sólo el 35% de los Republicanos lo está. Si la politización de la élite y los ambientes partidistas exacerban la polarización, la solidaridad social se quiebra, así como la confianza generalizada necesaria para mantener el distanciamiento físico y las otras políticas de salud pública. 

Divulgación Científica

El ambiente de información alrededor de una pandemia subraya la importancia de la divulgación científica efectiva. La pandemia del COVID-19 ha estado acompañada por un aumento en las teorías conspirativas, noticias falsas y la desinformación. En este contexto, es difícil para el público entender los riesgos y actuar de modo de promover su seguridad individual, así como también la salud comunitaria. En esta sección abordaremos los desafíos asociados con los distintos tipos de desinformación durante la pandemia, así como también, las estrategias para participar en divulgación científica efectiva y persuasiva sobre salud pública. 

Teorías Conspirativas

Las teorías conspirativas aparecieron casi inmediatamente después del primer reporte de COVID-19. Algunas abordan el origen del virus, por ejemplo, que había sido un arma biológica diseñada por China para empezar una guerra con EE.UU (o viceversa). Otras se enfocaron en la prevención y cura, por ejemplo que no se debía confiar en el tratamiento médico convencional y que las personas deben tomar medidas alternativas, como beber cloro, para combatir el virus. No es sorprendente que las teorías conspirativas florecieran durante este momento. La investigación sugiere que las personas sienten que necesitan explicar eventos de gran escala con causas en una escala proporcionalmente grande (86), y es más probable que crean teorías conspirativas acerca de eventos con consecuencias serias (87) y en tiempos de crisis (88). Esto es, probablemente, porque las personas se ven atraídas a las teorías conspirativas cuando sus necesidades psicológicas se ven frustradas (89). Entonces, es esperable que las teorías conspirativas ganen más fuerza a medida que el COVID-19 se propague y las personas se aíslen (90).

Estas teorías conspirativas pueden tener consecuencias dañinas. Por ejemplo, la creencia en teorías de conspiración se ha asociado con el rechazo a las vacunas (91), el negacionismo del cambio climático (92), visiones de política extremas (93) y prejuicios (94, 95). Las teorías conspirativas en relación al COVID-19 probablemente serán similarmente problemáticas. Por ejemplo, las personas que creen que los remedios alternativos pueden ayudarlos a luchar contra el virus, probablemente seguirán menos los consejos de salud oficiales y en su lugar optarán por alternativas menos efectivas (en el mejor de los casos) o letales (en el peor de los casos). Las creencias conspiracionistas pueden alimentar la hostilidad hacia los grupos que son vistos como responsables del virus (96). Existe evidencia que sugiere que inocular a las personas con información factual antes de la exposición a teorías de conspiración puede reducir su impacto (97). Sin embargo, como las personas suelen consumir información en las cámaras de eco en las que se piensa como ellos, lograrlo sigue siendo un desafio (98).

Noticias Falsas y Desinformación

Las noticias falsas (fake news) sobre el COVID-19 han proliferado ampliamente en las redes sociales (99). La investigación emergente ha explorado soluciones basadas en las Ciencias Sociales para contrarrestar la difusión de noticias falsas. Una aproximación es el refutarlas utilizando chequeo de datos (fact checking) y correcciones (100-102). Analizar la experticia de las fuentes, su confiabilidad, su afinidad ideológica, mensajes de “fuentes improbables” (por ejemplo, aquellas que se benefician con la desinformación) y las correcciones que proveen explicaciones causales, todas ellas incrementan la efectividad al contrarrestar la desinformación (103, 104). Sin embargo, el chequeo de datos y las correcciones pueden no ser suficientes para ir a la par con la enorme cantidad de información falsa producida en momentos de crisis como una pandemia. Entonces, se requieren otras aproximaciones más allá de las refutaciones.

Una estrategia de pre-refutación (pre-bunking) involucra la vacunación psicológica (105, 106). Por ejemplo, el exponer preventivamente a las personas a pequeñas dosis de técnicas de desinformación (incluyendo escenarios acerca del COVID-19) puede reducir la susceptibilidad a las noticias falsas (107-109). Otra aproximación preventiva involucra sugerencias sutiles que enfaticen la precisión (por ejemplo, pedirle a los usuarios que juzguen la exactitud o fiabilidad de un titular neutral). Esas sugerencias mejoran la calidad del contenido compartido por los usuarios, incluyendo publicaciones sobre el COVID-19 (110, 111) y puede implementarse fácilmente en las redes sociales.

Para contrarrestar las noticias falsas sobre el COVID-19 de forma efectiva alrededor del mundo, los gobiernos y las compañías de redes sociales deben desarrollar y testear rigurosamente dichas intervenciones, en colaboración con científicos conductuales independientes. Esto incluye el identificar tratamientos que reduzcan efectivamente la creencia en la desinformación, mientras que al mismo tiempo no generen desconfianza en la información correcta (por ejemplo, ver la referencia 112) – una preocupación particularmente sobresaliente dada la evidencia que la mayor exposición y propagación de noticias falsas en los Estados Unidos se ha concentrado en subsectores relativamente pequeños de la población. (113, 114).

Persuasión

En el dominio de la comunicación científica, los investigadores han explorado un conjunto de aproximaciones a la comunicación, incluyendo la entrega de información científica en formas basadas en evidencia que incrementen la probabilidad de que la información sea comprendida adecuadamente (115). Décadas de investigación ha mostrado que, si los receptores están motivados para pensar cuidadosamente o no (116), determina que las fuentes creíbles sean más persuasivas (117). La credibilidad de las fuentes se deriva de la percepción del experto, el qué tan erudito, honesto y objetivo se considere que es. Una vez que se identifica una fuente creíble , ¿qué mensaje debería ser entregado?.

Cuando sea posible, es efectivo el enfocar el mensaje en los beneficios para el receptor (118). Sin embargo, existe evidencia de que el enfocarlo en la protección de los demás puede ser aún más efectivo para los problemas de salud, por ejemplo, “lava tus manos para proteger a tus padres y a tus abuelos” (119). Además, alinear el mensaje con los valores morales del receptor facilita la persuasión (120). Finalmente, además de la adopción de actitudes, las personas deben sentir confianza en ellas para actuar según estas nuevas actitudes (121). Los métodos para incrementar la confianza incluyen el hacer que la gente se sienta bien informada acerca de esta nueva actitud (por ejemplo, hacer que tengan un buen puntaje en un cuestionario (122)) y hacer que sientan que su nueva actitud es la actitud “moralmente correcta” (123).

El esfuerzo o la elaboración del mensaje determina los factores a los que las personas prestan atención cuando los reciben. Cuando el esfuerzo es bajo, las personas se apoyan en heurísticas tales como señalar las fuentes o la extensión del argumento, mientras que el alto esfuerzo los hace enfocarse en la calidad del mensaje (124). Dada la importancia y relevancia personal del COVID-19, las personas probablemente harán un esfuerzo cognitivo significativo para prestar atención a dichos mensajes. Esto no significa que estén motivados para procesar la información de forma rigurosa. Cuando las personas evalúan un mensaje, a veces lo hacen con el objetivo de llegar al mejor resultado posible, pero otras veces buscan confirmar sus creencias, valores o su identidad – un proceso que es llamado Razonamiento Motivado Direccional (77, 125)

Por lo tanto, una pregunta crucial es en qué medida los líderes políticos y los medios van a politizar el COVID-19. Como ya se mencionó, ya existe una división política emergente sobre elementos de la pandemia del COVID-19 (85). Los datos sugieren que la mayoría de las personas se basan en el consenso social o en las normas científicas cuando se forman opiniones y toman acciones relacionadas con temas científicos (126-128). Sin embargo, otras personas, especialmente cuando poseen mayor conocimiento y educación, pueden verse motivadas para buscar aprobación de su grupo político (71, 72). Esto puede hacer que los mensajes que apunten a la identidad política tengan mucho mayor impacto. Los comunicadores científicos entonces deben ser conscientes y apelar a los valores morales, acentuando las normas grupales y destacando el consenso, incluyendo el consenso relacionado con las normas científicas.

Toma de Decisiones Morales

El comportamiento de los individuos que viven en comunidades está regulado por normas morales y valores (129, 130). Estas normas y valores capturan concepciones compartidas de las formas de conducta socialmente apropiadas e inapropiadas (131-133). Las personas que hacen lo “correcto” son respetadas y admiradas públicamente; las personas que cometen acciones incorrectas son despreciadas y excluidas socialmente (134). Estos mecanismos de conformidad social llevan a la gente a abrazar e internalizar normas compartidas, motivándolos a hacer lo que es considerado como lo correcto y evitar las conductas que son vistas como incorrectas (135). Esta es una forma única de control conductual en las comunidades sociales, que no depende de acuerdos legales y sanciones formales (136). Es indispensable hacer los cambios conductuales rápidos que se requieran para responder adecuadamente a una pandemia. En esta sección, consideraremos cómo la investigación sobre la moralidad y la cooperación puede estimular conductas pro-sociales en individuos y en grupos.

Pensamiento de Suma Cero

Las personas por defecto piensan que la ganancia de otra persona -especialmente alguien de una coalición competidora – necesita de nuestra pérdida, y viceversa (137, 138). Este pensamiento de Suma Cero (Zero-Sum) no se ajusta fácilmente con la naturaleza de una pandemia, una situación de Suma No Cero (Non-Zero-Sum), en la que la infección de una persona es una amenaza para sí mismo y para todos los demás. El sesgo de suma cero hace que el acaparar utensilios y medidas protectoras (mascarillas, desinfectantes, etc.) sea una opción psicológicamente atractiva, pero contraproducente en último término. Dada la importancia de mitigar o extender el ritmo de la infección (aplanar la curva), comunicar este malentendido debería ser una prioridad.

Sin embargo, mientras que la reducción de los contagios en la población es de suma no cero, la provisión de recursos de salud escasos a aquellos que ya están infectados tiene características de suma cero. Por ejemplo, cuando el número de pacientes que necesitan ventilación mecánica excede la capacidad del sistema, los proveedores de servicios de salud se verán obligados a tomar decisiones sobre quién recibirá atención médica y quien no. Algunos países tienen pautas explícitas para priorizar la atención durante una pandemia (por ejemplo, en Italia, la atención a personas mayores de 65 años no es prioridad). El apoyo social que reciban es determinado por el que tan bien coinciden las políticas adoptadas con las normas locales. Las personas están dispuestas a sacrificar a los ancianos para salvar a los jóvenes (140) pero existen diferencias culturales en esta preferencia (141). De los países evaluados respecto a esta preferencia, Italia es el segundo en términos de la disposición en esta dimensión, mientras que las culturas orientales muestran una menor preferencia por sacrificar a los ancianos para salvar a los jóvenes.

Toma de Decisiones Morales

El quién es percibido como tomador de decisiones respecto a quién vive y quién no, puede tener impacto en la confianza del público y de los pacientes. Las personas que realizan juicios utilitaristas acerca de asuntos de vida y muerte no gozan de confianza (142). Mientras que los estadounidenses muestran niveles bajos de confianza en la mayoría de las instituciones, su confianza en los médicos sigue siendo alta (143), y en comparación con otros funcionarios de la salud pública, los médicos son menos utilitaristas en su toma de decisiones éticas, optando por reglas deónticas (relacionadas con los deberes) como la de “no hacer daño” (144). Aunque las decisiones de triage deben responder a condiciones cambiantes, puede ser preferible que las decisiones de vida o muerte provengan de agencias gubernamentales a que provengan de los médicos mismos, para mantener la confianza de la población en los médicos y evitarles el agotamiento de tener que tomar esas decisiones.

La toma de decisiones morales durante una pandemia involucra incertidumbre. No hay certeza respecto a si al ir al trabajo o a reuniones sociales provocará contagios, y no hay certeza respecto a si otros, si son infectados, desarrollarán una enfermedad grave. En general, las personas tienen mayor aversión al riesgo cuando sus decisiones afectan a los demás, en comparación a cuando sólo los afectan a ellos mismos (145, 146), lo que sugiere que enfocarse en los riesgos de los demás (en vez del propio) puede ser más efectivo para convencer a los individuos que pongan en práctica las recomendaciones de salud pública. Sin embargo, las personas no están dispuestas a hacer sacrificios por los demás cuando los beneficios son inciertos. Por ejemplo, al decidir si ir al trabajo mientras están enfermos, los participantes estadounidenses y británicos de un estudio estuvieron menos dispuestos a quedarse en casa cuando no estaban seguros de que afectarían a un compañero de trabajo. Sin embargo, cuando el ir a trabajar significa arriesgar infectar a un trabajador de la tercera edad que sufriría una enfermedad grave, los participantes estuvieron mucho más dispuestos a quedarse en casa (148). De este modo, enfocarse en los peores escenarios, incluso en ausencia de certeza, puede alentar a las personas a hacer sacrificios por los demás.

Cuando las personas toman decisiones morales, toman en cuenta el cómo los demás los juzgarían por comportarse de forma egoísta a expensas de los demás, independientemente de si son observados o no (149, 150). Las acciones dañinas son juzgadas con mucha más severidad que las inacciones dañinas (151, 152), y quien causa daño por desviarse del status quo es juzgado como más culpable que quienes causan daño por hacer lo que se hace por defecto (153, 154). Replantear las conductas “de siempre” durante una pandemia como decisiones activas en vez de decisiones pasivas o por defecto puede volver dichas acciones menos aceptables. Debido a que la moralidad es un aspecto central de la identidad (155), es posible promover conductas pro-sociales y desincentivar las conductas egoístas al vincular dichas conductas con el concepto que las personas tienen de sí mismas. Los mensajes de salud pública que podrían ser efectivos durante una pandemia podrían incluir mensajes como “sé un buen ciudadano” o “no seas un contagiador de enfermedades” junto con enfocarse en los deberes y responsabilidades de cada uno con su familia y sus amigos (156).

Cooperación dentro de los grupos

Combatir una pandemia mundial requiere cooperación a gran escala. El problema es que la cooperación requiere que las personas asuman un costo individual para beneficiar a otras personas (157). En particular, existe un conflicto entre el interés propio de corto plazo y el interés colectivo a largo plazo (158). Además, en esta crisis existen colectividades distribuidas en los niveles familiar, comunitario, nacional e internacional, que están tomando decisiones de cooperación particularmente difíciles. Desde una perspectiva evolutiva, extender el interés propio para proteger y promover el bienestar de los miembros de una familia es un pequeño paso, ya que aumenta la aptitud genética. ¿Qué sucede con el nivel comunitario, el que se caracteriza por interacciones a nivel país o a nivel organizacional?

Algunas investigaciones han revelado que las personas priorizan fuertemente los intereses locales por sobre los internacionales o globales (159, 160). De hecho, al inicio de la pandemia del COVID-19 los países no cooperaron de buena forma. Ni siquiera lograron beneficiarse de las experiencias y lecciones de los países que la enfrentaron primero. Incluso en Europa, las políticas adoptadas en los países enfrentando la pandemia al unísono varían enormemente. ¿Aumentó esta crisis la conciencia de la interdependencia global, la sensación que estamos todos juntos en esto? (ver 161). Una hipótesis de trabajo es que si bien la comprensión de la interdependencia global no es suficiente, es un ingrediente necesario para incrementar la cooperación entre naciones. Una pregunta importante es: ¿cómo promover la cooperación entre individuos o grupos?

Se conocen varias técnicas para incrementar las conductas cooperativas, tales como el castigar a los desertores (162, 163) o recompensar a los cooperadores. Desafortunadamente, estas medidas requieren que los gobiernos o los encargados de formular políticas vigilen de cerca a las personas para encontrar a quienes deben ser recompensados o castigados. Para evitar estos costos adicionales, algunos investigadores han empezado a explorar alternativas para estimular las conductas cooperativas, tales como proporcionar pistas que destacan la moralidad de las acciones, lo que incrementa las conductas cooperativas (165, 166). Es más probable también que las personas cooperen cuando creen que los demás también están cooperando (167). Por consiguiente, las intervenciones basadas en la observabilidad y en las normas descriptivas son altamente efectivas para aumentar las conductas cooperativas (168). Esto sugiere que los líderes y los medios deberían poner el mayor énfasis posible en que cooperar es lo correcto y que las demás personas ya están haciendo su parte.

Liderazgo

Las crisis como la pandemia del COVID-19 crean una gran cantidad de incertidumbre que las personas no pueden resolver por sí mismas. En consecuencia, buscan a otros para que les ayuden a comprender lo que deberían estar haciendo. Las crisis crean una fuerte demanda de liderazgo, y esta demanda está presente en todos los grupos a los que pertenecemos: nuestra familia, nuestra comunidad local, nuestro lugar de trabajo y nuestra nación. En esta sección, abordaremos el liderazgo efectivo e ineficiente durante una pandemia.

Liderazgo Identitario

En una pandemia, existe una particular demanda de líderes que representen y promuevan los intereses compartidos de los miembros del grupo, y que creen un sentido de identidad social compartida entre ellos (169). Buscamos líderes que cultiven la sensación de que “estamos todos juntos en esto”. En parte, ese liderazgo le da a las personas un sentido de autoeficacia colectiva y de esperanza (170). Sin embargo, lo que es más importante, proporciona una plataforma psicológica para que los miembros del grupo coordinen los esfuerzos para abordar los factores estresantes que enfrentan (171). Sin esta plataforma, existe el riesgo de que las personas eviten los actos de ciudadanía y, en cambio, adopten la dañina filosofía egoísta del “cada uno para sí mismo”.

Al construir una identidad social, los líderes desbloquean una fuente clave de fortaleza y resistencia colectiva (172,173), lo que puede aumentar las posibilidades de que un grupo salga más fortalecido de una crisis de lo que podría. Por esta razón, la primera responsabilidad de los líderes en tiempos de crisis es dejar de lado los intereses personales o partidistas y cultivar un sentido inclusivo de “nosotros” (174). A medida que observamos las respuestas al COVID-19 en todo el mundo, hay ejemplos muy destacados de mal liderazgo identitario, en los que los líderes nacionales han puesto efectivamente sus intereses personales o electorales por encima de los intereses de sus seguidores. Esto deja a los grupos vulnerables y débiles, y los expone a toda la fuerza de las amenazas, biológicas o de otro tipo.

Cuando las normas familiares se interrumpen repentinamente, los líderes deben aclarar cuándo las acciones son correctas o incorrectas. Tal liderazgo proporciona una plataforma poderosa para coordinar comportamientos individuales. El liderazgo moral efectivo requiere la adaptación de los estándares morales para lograr un cambio de comportamiento, además del manejo de las emociones morales, para evitar la vergüenza y la culpa que puede llevar a las personas a defender y persistir en comportamientos que ya no se consideran socialmente responsables. Esto puede permitir que las personas entiendan que ciertos comportamientos, como evitar el contacto con un abuelo querido, han cambiado de ser un vicio moral a ser una virtud. La comunicación sobre ejemplos positivos, junto con perdonar las faltas inevitables, son una forma de lograr esta comprensión (175).

Identidad Nacional

La solidaridad al interior y entre las naciones es extraordinariamente importante durante una pandemia global. Sin embargo, en muchos países, sus líderes políticos parecen enfocados en priorizar los intereses nacionales. En algunos casos estos líderes pueden crear la sensación de que están especialmente bien preparados para manejar la situación, incluso si este no es el caso. Si bien desarrollar un fuerte sentido de una identidad social compartida puede ayudar a coordinar los esfuerzos para manejar las amenazas (171) y fomentar el compromiso con el grupo y la adhesión a las normas (176), las tendencias nacionalistas enfocadas en promover la imagen de la nación como si estuvieran manejando la situación mejor que otras pueden ser contraproducentes.

La creencia en la grandeza nacional puede ser desadaptativa de varias maneras (177). Por ejemplo, es probable que promueva un mayor enfoque en la protección de la imagen del país, en vez de priorizar el cuidado de sus ciudadanos (178). También tiende a predecir el ver a los grupos externos como una amenaza y culparlos de las desgracias grupales (179). Por ejemplo, el narcisismo colectivo entre los estadounidenses predice una creencia en las teorías de conspiración sobre la difusión deliberada del COVID-19 por el gobierno chino (180). Para aumentar la disposición a tomarse en serio la pandemia e involucrarse con otras naciones para vencerla, los ciudadanos y los líderes deben aceptar que su país está en riesgo y deben tomar medidas inmediatas para proteger al público. Existe evidencia de que aumentar el sentido de control personal de las personas disminuye el narcisismo colectivo (181). Entonces podría ser útil prestar especial atención a si estas creencias ayudan a las personas a mantener o restaurar un sentido de control sobre sus vidas.

Estrés y Capacidad de Respuesta (Coping)

Cuando las personas enfrentan una amenaza de contaminación por patógenos, pueden estar motivadas a pagar el costo y perder el miedo a los riesgos virales. Un medio potente para hacerlo está disponible para aquellos comprometidos con sus comunidades e inmersos en sus relaciones. Dado que las relaciones sociales cohesivas, cariñosas y cordiales suelen servir como una fuente importante de calidez y protección (182), pueden tener un poderoso efecto analgésico en la red del cerebro encargada de la detección de amenazas (183). En esta sección, discutiremos el impacto del aislamiento social y las estrategias para promover la conexión social, la satisfacción de con las relaciones y la regulación emocional durante la pandemia.

Aislamiento social y conexión

Una de las estrategias más vitales para frenar la propagación de COVID-19 es el “distanciamiento social”. Desgraciadamente, el distanciamiento choca con el instinto humano profundamente arraigado de conectarse con otros (184), especialmente durante los momentos emocionalmente intensos (185). La conexión social ayuda a las personas a regular el afecto, lidiar con el estrés y permanecer resilientes durante los tiempos difíciles (186–188). Por el contrario, la soledad y el aislamiento social empeoran la carga del estrés y producen efectos nocivos sobre la salud mental, cardiovascular e inmunológica (173,189). Los adultos mayores, que corren el mayor riesgo de presentar síntomas graves por COVID-19, son también muy susceptibles al aislamiento, lo que puede empeorar su trayectoria de envejecimiento (190). El distanciamiento amenaza con producir una epidemia de soledad que podría exacerbar las consecuencias para la salud a largo plazo de la epidemia de COVID-19.

Existen estrategias para mitigar estos efectos. Primero, sugerimos que el término “distanciamiento social” se reemplace cuando sea posible con “distanciamiento físico”, para resaltar el hecho de que es posible una conexión social profunda con una comunidad más amplia, incluso cuando las personas están físicamente separadas, gracias al uso de la tecnología. Los foros en línea han servido durante mucho tiempo como centros de apoyo mutuo, por ejemplo, entre personas con enfermedades poco frecuentes (191), y recibir y brindar apoyo en línea puede reforzar el bienestar psicológico (192). Las tecnologías como FaceTime y Zoom que son (i) ricas en información, (ii) diádicas y (iii) temporalmente sincrónicas, son las más adecuadas para generar empatía y conexión (193,194). Sin embargo, algunas formas de tecnología, como Facebook, pueden disminuir la sensación de conexión social (195). Se debe prestar especial atención a ayudar a los adultos mayores, que podrían estar menos familiarizados con estas tecnologías, a aprender y aclimatarse a la potencial riqueza de las conexiones digitales. El COVID-19 dejará a muchos de nosotros confundidos, ansiosos y solitarios. Pero irónicamente, esta lucha colectiva también podría unirnos.

Relaciones íntimas

Los efectos sociales de COVID-19 influirán en nuestras relaciones con las personas que viven con nosotros, incluidos nuestras parejas románticas e hijos. Aunque todavía no se dispone de datos firmes, los informes de los medios estatales en China señalan un vínculo entre el aislamiento relacionado con el virus y las crecientes tasas de divorcio (196). Otra investigación sugiere que ser obligado a pasar tiempo con personas sin forma de escapar puede aumentar la agresividad (197,198) y la violencia doméstica (199). Incluso para hogares libres del virus, el COVID-19 puede funcionar como factor estresante importante, especialmente en términos de los efectos emocionales como ansiedad crónica y efectos económicos como la pérdida del empleo.

El estrés se ha establecido como factor de riesgo para las dificultades en las relaciones y su disolución, tanto porque cambia el contenido de las interacciones de la pareja (mayor enfoque en la educación en el hogar o en las preocupaciones financieras, y menor enfoque en las metas a largo plazo) y debilita los recursos psicológicos como la empatía y la paciencia, que hacen que las interacciones desafiantes se desarrollen sin problemas (200). De hecho, de forma consistente con los primeros informes sobre el COVID-19 de China, la investigación sobre los efectos del Huracán Hugo en 1989 reveló que las áreas de desastre experimentaron un aumento en la tasa de divorcios (201). Las políticas de contención como la cuarentena y el aislamiento tienden a provocar niveles elevados de estrés, confusión e ira (202), efectos que pueden ser explosivos cuando varios miembros de la familia los sufren simultáneamente, en espacios cerrados, durante semanas o meses.

Sin embargo, las noticias para las familias no son totalmente malas. El mismo estudio que documentó las crecientes tasas de divorcio después del Huracán Hugo también documentó un aumento en las tasas de matrimonio y natalidad (201). Parece que los principales factores estresantes alteran las trayectorias de nuestras relaciones íntimas, pero los investigadores aún están desentrañando cuándo, por qué y para quién estos efectos son perjudiciales en vez de ser beneficiosos. Lo que sí sabemos es que las personas se benefician al calibrar las expectativas de su relación con las circunstancias (203). Continuar esperando el mismo nivel de emoción y aventura en una relación es una receta para la desilusión. Para reducir el impacto psicológico de la cuarentena, esta debe ser lo más breve posible, las personas deben recibir información clara y los suministros necesarios, deben tener herramientas para reducir el aburrimiento y se debe reforzar el énfasis en el altruismo (202).

Mentalidades Saludables

En respuesta a la incertidumbre y la complejidad, las personas adoptan mentalidades que influyen en el bienestar, el comportamiento y la fisiología (204, 205). Por ejemplo, las mentalidades sobre la naturaleza del envejecimiento (por ejemplo, “es un deterioro inevitable”) están relacionadas con la disminución de las conductas preventivas, el aumento de los problemas cardíacos y una vida más corta (206), y las mentalidades sobre la naturaleza del estrés (por ejemplo, “estrés es debilitante”) conducen a respuestas fisiológicas disminuidas y comportamientos desadaptativos (207). Si bien es probable que muchas mentalidades desempeñen un papel en las respuestas a COVID-19, las mentalidades sobre la capacidad de nuestro cuerpo para hacer frente a las situaciones probablemente sean especialmente importantes (208). ¿Es el COVID-19 una catástrofe, es manejable o puede ser una oportunidad? ¿Es capaz mi cuerpo de hacerle frente al COVID-19?

Los mensajes inconsistentes y poco claros aumentan aún más la incertidumbre y la confusión, lo que hace que las personas confíen en mentalidades preexistentes que pueden ser menos adaptativas (es decir, “la gripe es manejable y esto es como la gripe, por lo que no necesito tomar precauciones”). Por otro lado, exagerar los riesgos puede inculcar mentalidades desadaptativas de que “esto es una catástrofe”, aumentando los comportamientos de evitación y el afecto negativo (204) y posiblemente aumentar el riesgo de infección (209). Un mejor enfoque puede ser comunicar lo que sabemos claramente para impartir mentalidades adaptativas. Esto significa comunicarle a las personas la idea de que esta enfermedad es manejable, sus cuerpos son capaces y que esta puede ser una oportunidad para hacer cambios positivos en el mundo. Hay una salida a esta pandemia e incluso hay un lado bueno (por ejemplo, la posibilidad de conectarse con los propios valores o mejorar la atención médica). Pero estas oportunidades se pasarán por alto si tenemos una mentalidad que excluye esas posibilidades.

Conclusión

Se necesitan medidas urgentes para mitigar un posible desastre producido por el COVID-19. Sin embargo, las lecciones de las ciencias sociales y del comportamiento descritas en este artículo deberían ser relevantes para futuras pandemias y otras crisis de salud pública. Ya sea que los formuladores de políticas públicas estén tratando de aumentar las tasas de vacunación o reducir el daño del cambio climático, se enfrentarán fundamentalmente a muchos de los mismos problemas. Un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud declaró que “se considera que la comunicación sanitaria tiene relevancia para prácticamente todos los aspectos de la salud y el bienestar, incluida la prevención de enfermedades, la promoción de la salud y la calidad de vida” (210). Al aplicar los conocimientos descritos en este artículo, esperamos que los expertos en salud pública estén mejor equipados para comunicarse de manera efectiva e impulsar cambios de comportamiento de una manera que beneficie a la sociedad.

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